Miércoles, 28 Mayo 2014 18:56

15. Carne, dinero, cariño, fuego.

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Miro hacia atrás y Taxista Pelado Sentimental se mantiene incorporado en solitario, el mar de bocinazos de los automovilistas rompe en nuevas olas, el efecto de la anestesia sobre la extracción de la muela sigue evaporándose. Todo sigue en su tiempo y en su lugar excepto por mí que camino recto como un soldado raso, que enfoco un destino, que llego a mi encuentro con Ella, momento en el que. Momento en el que.
Las fieras se calman ante demostraciones de cariño respetuoso.
-    ¿Me podés decir dónde es...
Mi abrazo (otro tipo de abrazo, un poco más intenso que el recibido por Taxista Pelado Sentimental) parece surtir efecto en Ella, tan despreocupada, tan verborrágica, tan perfectamente perfecta.
-    …tabas? Hola.
-    Hola, te quiero.
Me alejo unos pocos centímetros de su cuerpo, encierro sus pómulos con las palmas de mis manos y comienzo a contarle sobre Taxista Pelado Sentimental, de su no hijo que es hijo, de sus ganas de cenar, hablar, vivir con él y un sinfín más de observaciones hasta que. Hasta que.
Las fieras actúan por instinto.
-    Tengo hambre. Vamos al súper, no tengo nada en casa.
-    Quiero contarte más de esta situación acá, vos y yo solos, abrazados… muchos sentimientos en tan poco tiempo y yo ahí como…
-    Sí, sí, sí, todo muy lindo, pero tengo hambre. Vamos.
Cuando no podés convencer a una persona, lo mejor que podés hacer es no convencerla. Y menos a Ella. Mejor la tomo del hombro o de la cintura, da igual, y a caminar, callados.
La profundidad de la oscuridad de la noche se ve violada por una particular fosforescencia: allí, delante de nuestros ojos, las vidrieras y el cartel del supermercado nos comunican que son la entrada del hogar de nuestro futuro alimento, que no seamos tímidos, que pasemos. Plusvalía pura. Y Ella, al cruzar la frontera, se contagia e irradia luz de una alegría anticipada.
Tomar un carro, comenzar el derrotero y percibir que este supermercado es uno que apunta al consumo de un estrato socioeconómico elevado no sólo por su muy buena iluminación, sino también porque el sector que continúa la entrada/salida desde/hacia la calle es el de los electrodomésticos donde fastuosos e incómodos relojes de pared a la venta marcan, todos a la vez y a la perfección, las 20:16; porque los pisos brillan de limpieza; porque la distancia entre góndola y góndola no es ni exagerada ni estrecha. Pero a Ella parece no importarle esto: carga y descarga conservas a más no poder. ¿Avecinará una guerra? No, está famélica, y punto. 
El supermercado es el no-lugar donde más se esparcen los más ocultos y fugaces deseos eróticos y, por lo tanto, donde más se manifiesta la expresión del valor carnal que las personas crean por encima del valor real de su físico, el mismo que es apropiado gratuitamente por su casual pareja, o sea. O sea.
Las fieras fundan su madurez sobre el ritual de apareamiento.
Debo estar alerta, Ella llama la atención, y mucho: su vestimenta, su perfume, su cuerpo, básicamente su todo forma la presa ideal para que los cazadores (casados, en pareja, solteros, cualesquiera) la acosen visualmente en esta selva de coloridas etiquetas y multiformes envases.
Y yo, como el mejor guardaparques, perfectamente camuflado, vigilo y repelo los ataques: pasamos por el sector de cuidado del cabello y anulo los embates de un acechador al masajear la nuca de Ella, enmarañando mi mano en su bellísimo pelo; mientras Ella elige pomelos rosados en el sector de frutas y verduras, rozo sus pechos con mi brazo, alejando así a un grupo de rapaces; realizo un último contraataque mortal frente al encargado de reposición de la sección de carnicería al pellizcar la nalga derecha de Ella cuando se agacha sutilmente para tomar una bandeja de bifes de ternera.
Pasado el peligro, nos dirigimos a la caja. Y luego de la seguidilla obligada de la cajera representada en hola, buenas noches y bienvenidos, son ciento treinta con cincuenta y siete, ¿efectivo o tarjeta?, ¿un pago?, ¿posee la tarjeta de puntos del supermercado?, firma y aclaración, que tengan buenas noches, el que sigue, nos encontramos de espaldas al resplandor, nuevamente inmersos en la oscuridad, pero con nuestro amor materializado en bolsas.
Luego de los dos primeros pasos Ella propone que detengamos un taxi, que no quiere perder tiempo, que tiene hambre. Yo, desilusionado porque Ella no me deja expresarle por completo lo maravilloso de la vida de Taxista Pelado Sentimental, extenuado por combatir fuego contra fuego contra los posibles usurpadores, alicaído por el dolor de muelas que se hace cada vez más presente, planteo también que. También que.
Las fieras obedecen ante órdenes simples y breves.
-    No.
A veces hay que acatar y a veces hay que ser acatado.
-    Vamos caminando.

 

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