Sábado, 11 Octubre 2014 22:33

16. El Veneno Está En Tu Piel

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Tomar con fuerza, Ella y yo, dos bolsas bien cargadas en cada mano; caminar bajo la luz de una luna llenísima; hablar de banalidades (al fin, al fin, al fin) como qué frío que hace, menos mal que te abrigaste, Ella querida; sujetar más bolsas con mis manos porque Ella no puede girar la llave de la puerta de entrada del edificio en el que vive con semejante molestia; ingresar al ascensor; pensar y calcular la de minutos, horas y hasta días perdidos por Ella en subir y bajar los seis pisos que separan al llano de su departamento, la de minutos, horas y hasta días perdidos por Ella para producir, la de minutos, horas y hasta días perdidos por Ella para gozar anímica, espiritual o físicamente.

Basta de pensar. Llegamos.

Todo orden deja de serlo cuando el caos se apropia del espacio. Como en una partida de damas, en cierto momento ese caos absoluto es tapado por la ficha de un nuevo orden único e irrepetible y el universo sigue un nuevo curso.

No sé bien cuál es la medida para determinar qué es orden y qué es caos, pero me parece que el desorden domina el departamento de Ella, y por tres razones. Primero, porque el pantallazo que se aprecia al abrir la puerta es un cúmulo de pinceles, libros y discos (¡Ella es tan bohemia!) desparramados sobre el escritorio, la mesa ratona, los estantes flotantes y el piso, todo iluminado bajo la cálida luz del monitor de la computadora. Segundo, porque al iluminar un poco más la habitación de la entrada se puede notar que los pinceles, los libros y los discos que salpican el lugar poseen una capa de polvo bastante seria. Tercero, porque Ella reafirma el caos reinante diciendo

-    Voy a cambiarme, a ponerme cómoda, ya vengo. ¿Querés escuchar música? ¿Sí? Perfecto. A ver, este disco… no, aunque no lo creas no está en su lugar, como debería. Sostengo la caja para que sepas qué disco busco por si lo ves por ahí. A ver si está por allá… no, tampoco. ¿Qué hace este pincel acá? Ah, cierto, lo uso como lápiz. A ver… ¡Ja! ¡Lo sabía! ¡El disco estaba adentro de este libro! ¿Por qué será que…? Ah, sí, lo uso de señalador. Espero que funcione. Mmm, tema dos… no, mejor el tres… ¡Bien, no está rayado! ¡Genial!  

Ni bien se activa la reproducción Ella da media vuelta, me mira a los ojos y, sonriendo, escapa hacia su habitación. Me siento en uno de los sillones, escucho unos segundos el tema musical y, notando que el monitor de la computadora tiene un reloj como salvapantallas y que marca las 21:40, me incorporo rumbo al baño.

Prender la luz, y abrir el grifo, y retener agua en la boca, y escupir aún restos de sangre de la herida, y pensar en Ella y en ella, y aceptar que nada es permanente excepto el cambio. Es momento de alabar lo nuevo y defenestrar lo viejo.

Salgo del baño y lo primero que veo es una bellísima escultura de carne y hueso dándome la espalda descalza, vistiendo un pijama corto y ajustado, con los hombros al aire. Una bellísima escultura de carne y hueso dándome la espalda, descalza, vistiendo un pijama corto y ajustado, con los hombros al aire, abriendo latas de conservas. Abriendo latas de conservas mientras una de las hornallas de la cocina calienta una olla repleta de agua y papas.

Me acerco a Ella sin emitir el más mínimo ruido y noto que tararea el tema que está sonando en este momento, que la piel de sus hombros brilla por un sudor sutil mezcla del cansancio de la caminata y del calor del ambiente, que su perfume anula todo aroma relacionado a la comida que está preparando. Y entonces la abrazo por detrás, y empujo mi pene alzado pero cubierto por ropa contra sus nalgas también ocultas mientras bebo las gotas de transpiración de su hombro derecho, y la doy vuelta tomándola fuertemente de la cintura.

Ojos desafiantes contra ojos desafiantes, respiración jadeante contra respiración jadeante, labios tensos contra labios tensos. Nos fundimos en un beso profundo, mágico, fugaz. ¿Fugaz por qué? La alejo, se sorprende y le explico que aún la herida de la extracción de la muela no está cicatrizada, que pierdo sangre, que no quiero que se contagie ninguna enfermedad fantasma que puedo llegar a tener.

Ahora Ella es quien arremete, quien dobla apuesta, quien me besa más profunda, mágica y fugazmente, quien al despegar sus labios de los míos los humedece aún más con la punta de su lengua diciendo

-    Me fascina el sabor de tu sangre.

Y explotamos por dentro y por fuera, y no nos importa la cena, y nos llevamos directo a la cama.

 

 

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Diseño: Carolina Chocrón

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