Domingo, 05 Agosto 2012 00:00

3. Después del colegio trabajar, ponerte viejo.

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Recién pasadas las 8:00. Salgo del negocio sin informar. ¿A mí mismo me voy a reprender?

Camino. La lluvia cesó por completo. El sol, que ya se delata descaradamente, y el dolor, sobre todo, hacen que el frío no me aturda.

Ninguna farmacia inmediata está abierta. Vivir y trabajar en un punto con mentalidad de ciudad pero con alma de pueblo cierra las puertas del confort pero abre, de par en par, las de la ilegalidad. Gracias polirrubros cercano por saltar barreras y proveer de medicamentos a quienes sufrimos.

- Hola, buenos días.

Saludo a nadie. Desenfoco mi mirada entre las heladeras repletas de bebidas, los estantes colgantes depositarios de productos de limpieza y el mostrador/cajonera con tapa de vidrio dueño de juguetes olvidados por años. Repito.

- Hola, buenos días.

De la oscuridad, de un fondo que por ahora no conozco y que se esconde detrás de una cortina de delgadas tiras de mostacillas, Jovencita aparece con sus bucles castaños mojados, la ropa bien ajustada y su sonrisa fresca. Es todo, como siempre que nos cruzamos.

- ¿Cómo estás? ¿Bien?

Esa voz, tan virginal como peligrosa. No, no estoy bien para nada, Jovencita, pero mejor administrar un poco la verdad.

- Sí, bien bien bien. ¿Me alcanzás la caja con los medicamentos?

Ya situada detrás del mostrador Jovencita se agacha y extrae de uno de los amplios cajones una caja de zapatos mal forrada con vinilo rojo. La felicidad comprimida. Reviso. Esta píldora de color verde puede servir.

- ¿Tu mamá? ¿Qué tal?

Error, craso error: sé que las dos compiten por el puesto de la más bella de la cuadra. Acabo de abrir el tablero y de colocar las piezas para que comience la partida. Jovencita mueve primero. Peón Rey Blanco a E4.

- Te gusta mamá, ¿no? Claro. Sos un viejito, entiendo que te gusten las señoras.

Jamás, Jovencita, jamás. Tu mamá es muy linda, pero pienso más en ella y en Ella que en cualquier otra. Despego mi atención de la caja por un momento, la miro a los ojos y sonrío. Avanzo. Peón Rey Negro a E5.

- Tan viejo no soy, tengo treinta años. Y, sí, tu mamá es muy linda, pero vos más. Igual, si quisiera estar con vos, no podría. En realidad, poder puedo, pero tendría problemas. Sos muy chiquita. A todo esto, ¿no tendrías que estar en el colegio?

Le dolió, sé que le dolió. Bajo nuevamente la vista y lo encuentro: este comprimido color azul, combinado con el verde, duerme hasta a un caballo. Perfecto. Mientras busca la calculadora en uno de los cajones pequeños del mostrador, Jovencita ataca. El mito de que las mujeres no pueden realizar dos acciones al mismo tiempo acaba de quebrarse. Reina Blanca a H5.

- Sí, pero como ayer salí con mi novio y llegué tarde, no tuve ganas de ir. No sé cómo sería en tu época, pero ahora las noches de los jueves son las mejores. Sabías, ¿no?

¿Ya de novia? ¿Quince años y ya de novia? ¿Saliendo de noche un jueves, quince años y ya de novia? ¿Tanta agua pasó debajo del puente estos años que me siento tan oxidado? Jovencita suma las dos pastillas, me acerco a las heladeras. Espero que mi próximo movimiento la aplaque. Caballo Reina Negra a C6.

- Ah, mirá vos. Pero el colegio sirve. Por ejemplo, estás usando la calculadora. Son dos productos, y de precios redondos. No te enfrentás a una cuenta muy difícil que digamos.

Parece que pude apaciguarla. Pero no todo lo que brilla es oro. Apoyo sobre el vidrio del mostrador una gaseosa sabor cola bien pero bien helada. Al segundo escucho nuevos y violentos golpes sobre las teclas de la calculadora. La embestida de Jovencita se profundiza pero no se complejiza. Es directa. Alfil Rey Blanco a C4.

- Primero, uso la calculadora porque te conozco. No sólo vas a llevar los medicamentos, también algo para tomar y un chocolate con maní, como siempre. Ya la gaseosa está. Falta el dulce. ¿O compraste más temprano en otro lado? Segundo, lo del colegio. Bueno, sirve, pero no te enseñan a querer, a amar. A vivir. Y que yo sepa en tu época tampoco existía una materia que enseñe eso: siempre estás solo, nunca te vi pasar tomado de la mano de una chica. O un chico: no sé qué te atrae. Porque me mirás, la mirás a mamá y nada de nada. Igual, cada uno en lo suyo.

Pueblo chico, infierno grande. Pueblo grande, infierno más grande. Ciudad, infierno gigante. Acertó con lo del chocolate. Me llevo unas tabletas a pesar de la muela. Jovencita sonríe de manera pícara durante la secuencia suma final–cobro–entrega de vuelto: descifró mis vicios, remarcó nuevamente mi edad y se jactó de conocer mi intimidad. Pero soy, muchas veces, un caballero. Desde el marco de la puerta, retirándome, muevo: Caballo Rey Negro a F6 y salgo airoso de la situación. 

- Tenés razón. Pero, ¿sabés qué? Por lo menos en mi época teníamos mucha conciencia del poder que conlleva tener relaciones sexuales, ¿entendés? No es simple diversión, es una gran responsabilidad. En Educación Sexual, materia que aún se dicta, nos enseñaron el valor de cuidarse, conocerse, respetar a la otra persona y a uno mismo. Muchas chicas de tu edad están esperando familia, si ya no la tuvieron. Sin ir más lejos, esa amiguita tuya que viene día por medio a verte está por parir de un día para el otro y el padre si te he visto no me acuerdo. No sé, pensalo.

Jovencita ni se inmuta. Algo trama. Ya con medio cuerpo en la vereda, me chista y yo, siempre tan estúpidamente curioso, me doy vuelta. La partida no puede cerrar con un final abierto para que cualquiera la continúe.

- ¿Cuidarme? ¿Conocerme? ¿Respetar y respetarme? ¿Qué? ¿Con esto?

Del bolsillo trasero de su ajustadísimo vaquero Jovencita extrae el envoltorio de un preservativo, agitándolo débilmente con las yemas de sus dedos para hacerme notar que está vacío. Reina Blanca a F7. Jaque mate al Rey. A mí.

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Afiche cap.3

Un Dia De Vida
Diseño de afiche: Ka Jum

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